domingo, agosto 27, 2006

Esperá 10 años y ahí nos vemos

Inspirada en este post de Mantis, vuelvo a este texto que escribí hace tiempo para el sitio anterior (ahora en reconstrucción).


Dicen científicos muy serios que, si no bajamos un cambio con la contaminación, en diez años el daño ambiental se volverá irreversible (www.ciencia-ficcion.com/novedad/futurod.htm) y el cambio climático tendrá efectos tan graves que ya nada será como lo conocemos en el paisaje cotidiano. Como consecuencia, las ciudades no podrán sostener su funcionamiento y se perderá el sostén material de lo que entendemos por civilización. Sabiendo de los problemas primarios, trágicos y lógicos que enfrentaremos entonces (epidemias, hambruna, extinción de especies), me pregunto también qué queda después de la vida en la ciudad. ¿Qué haremos entonces los citadinos ortodoxos, los que pensamos que el gas nace en las hornallas y el agua, en las canillas? Si ya nos angustia olvidarnos el celular en casa y no sabemos qué hacer cuando se corta la luz, ¿cómo soportaremos la idea de que todo lo que necesitaba justamente de la electricidad para ser habrá dejado de existir?
Tendremos que huir de las ciudades, sin tener muy claro cómo ni hacia dónde. ¿Sabremos resignarnos a llevar apenas lo indispensable? ¿Sabremos qué es lo indispensable? Hace una década, algunos niños africanos que erraban por el continente según los vaivenes de las guerras civiles llevaban consigo los libros que habían rescatado de sus hogares perdidos. En los campos de refugiados, si tenían suerte, recibirían agua, comida y remedios, pero nadie recordaría alimentar sus mentes; nadie más que ellos, por otra parte, valoraría los objetos que portaban. Esos chicos sabían por qué lo hacían: la suspensión de la civilización que significaba la guerra civil alguna vez acabaría, o lograrían escapar de ella, y los libros los habrían mantenido de este lado de la cultura. Dentro de diez años, cargar libros sólo tendría el valor de proveerse de combustible, no de material duradero de lectura: ¿cómo protegerlos? ¿Dónde los guardaríamos? Los bienes materiales se vuelven una carga para el nómada, y seremos todos errantes, buscando un sitio menos inhóspito donde cazar o recolectar. Triste ironía: los acostumbrados a la carencia, a la vida rústica y a las condiciones inclementes estarán mejor preparados para el mundo por venir. Sin embargo, serán los últimos en saber que la propiedad privada ha caducado y son libres de trasladarse a donde les parezca que la vida puede serles más fácil. Los de la ciudad, los de la confianza ciega en el precario equilibrio del paisaje humanizado y (como complemento de la acumulación a nivel social) el usufructo de mucho más que lo que individualmente producimos, no sabremos cómo cubrir nuestras necesidades básicas de consumo (alimento, agua, resguardo, energía y abrigo).
Si supiera que me quedan 48 horas de vida, por darme un cortísimo corto plazo, mi plan sería más o menos claro: permitirme alguno de los placeres que anhelo secretamente, saludar a los amigos, llenar a mi hija de besos y decirle cuánto la amo; reír por última vez con mi hermano, agradecer por todo a mis padres y correr a los brazos del hombre de mi corazón para morir a su lado. Si, en cambio, me garantizaran 50 años, la salud y lo material tendrían su peso en el plan. Pero ¿cómo se planifica para 10 años? Se trata de pensar la propia vida para un período no mayor que ése, no porque vayamos a morir al día siguiente, sino porque el día después del plazo cumplido, la mayor parte de lo que hayamos hecho ya no tendrá importancia, valor o significado. Sólo contará la posibilidad de la supervivencia. Que también es una pulsión vigente y fundamental en nuestra vida actual, pero no la única.
¿Cómo se viven los últimos años de la civilización sabiendo que en el mediano plazo vamos hacia la pérdida del sentido?

martes, agosto 22, 2006

Pero yo quiero...

Algunas etapas de la vida se rigen por este principio:
"No importa tanto la verdad como el deseo"

lunes, agosto 14, 2006

Consecuencias

Una de las consecuencias desagradables de la muerte, más o menos trágica dependiendo de los admiradores, detractores, críticos y enemigos que se hayan tenido en vida, es, sin duda, la pérdida del derecho a réplica.

miércoles, agosto 02, 2006

Sonriendo con ganas, nena

Leo sobre el viaje, sobre la escritura como viaje, viajo y más allá del paisaje (las montañas, el frío seco, la nieve, el sol brillante y magnífico) descubro un nuevo territorio en mí, una península de clima paradisíaco y cielo azul enclavada en un mar de emociones nuevas.
Soy feliz.
Llevo más de 20 años escribiendo desde esa usina de ideas y metáforas cínicas que es la tristeza. Algunas de mis mejores ideas surgieron de amores perdidos, de la solitaria incomprensión, de ver el mundo y no encajar en él. El mundo sigue siendo complicado, cruel e injusto, pero tengo mi pequeño oasis y estoy aprendiendo a disfrutarlo. Lo complicado es escribir desde la felicidad. Es facilísimo hacerlo desde el bajón, es muy productivo hacerlo sobre el bajón, pero no es mucho ni bueno lo que hay para escribir acerca de la felicidad. De compartir la propia alegría a caer en la cursilería y el poema barato hay menos de un paso.
La base del problema es que no puedo transmitir nada hasta no conocerlo primero, y no tengo muy en claro quién soy en este momento. Me resulto nueva, sonrío más, me paro más erguida y no sé adónde se han ido esos miedos que alimentaban mis cuadernos y mis documentos de word, ni qué nombre tiene toda esta dulzura compartida.
No tengo las certezas suficientes para ir más lejos. En este punto sólo hay preguntas. Acabo de descubrirme, pero sigo inexplorada.